Aquí estoy nuevamente.
Esta mañana me levanté contenta, en medio del silencio que inunda la casa por las mañanas, me preparé un café con pan horneado de anoche. Mientras miraba por la ventana comencé a saborear el pan y de repente no pude parar de llorar.
Me resultó extraño porque no me sentía melancólica, aunque al rato divagando entre mis pensamientos todavía un poco dormidos y enjuagándome las lágrimas que salían a borbotones, comprendí recordando la película “Como agua para chocolate” que aquel llanto generalizado fue síntoma de una intoxicación extraña.
Un año y medio después amase no sólo el pan. En contacto con la humedad de la levadura y la untuosidad del bollo entre mis dedos fui registrando cada pequeño dolor de mi alma. Miré de frente a este nuevo padre y con el los recuerdos de infancia, atravesé la ingenuidad de mi todavía niña, reconocí la pérdida de mi pecho, un poco de salud y ver que las cosas también son posibles de otra manera, acepté dejar de ser amada, y dejé vibrar el dolor en mi pecho. No lloré, pero me pasa algo últimamente y es que siento tanto que por momentos me parece como si me fuera a estallar el corazón.
Dicen que las penas con pan son menos, y aunque este me haya salido un pan melancólico, creo, como dije en aquel primer post de este blog, que mi contacto con la cocina se produce cuando estoy en contacto conmigo, y quiero retomarlo.
Como todos los procesos, ahora lo entiendo, esto se irá dando como surja. A veces poco, a veces mucho, pero aceptando lo que surja.
Tengo ganas de este nuevo comienzo.
… “- ¿Sabes qué me encanta de cocinar? - ¿Qué te encanta? - Que después de un día en que nada es seguro y cuando digo "nada" quiero decir "nada", puedes llegar a casa y saber con certeza que si le agregas yemas de huevo al chocolate, azúcar y leche se va a espesar. Eso me reconforta. (Julie & Julia).
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lunes, 26 de noviembre de 2012
jueves, 13 de enero de 2011
noche buena... muy buena
Celebrar en familia es grandioso, sobre todo cuando todos traen algo que compartir.
Primero el momento en el que tu gente, tus seres queridos prueban lo que preparaste con tanto mimo para deleitarlos. Una mezcla de nervios y felicidad al saber que les encanta, y ver que no ha quedado en los platos ni el juguito.
Luego, el segundo placer, dejarte sorprender por las nuevas preparaciones. Darte cuenta que hay mezclas en esas exquisitas ensaladas que tal vez te lleves para tu arcón de recetas, o reconocer un año más, que no hay como el matambre arrollado de mamá, que la pobre repite año a año por pedido expreso de sus hijos.
Para culminar la noche una mezcla única de regalos, amoroso crumble de manzana, y champagne.
Al día siguiente nos volvemos a encontrar e inventamos una gran picada de lo que nos sobra con una vuelta en la preparación, a la que sumamos una sublime tabla de quesos.
Luego nos esperan largas horas de charla entre sueño, risas y complicidad.
¿Lo mejor de estas navidades? la novedad de compartirlas con mi pequeño sobrino de año y medio: Santi. Sin dudarlo, luego de ver su afán por la degustación de cuanto plato se le puso en frente, puedo decir que estamos ante el nuevo paladar negro de la familia.
Primero el momento en el que tu gente, tus seres queridos prueban lo que preparaste con tanto mimo para deleitarlos. Una mezcla de nervios y felicidad al saber que les encanta, y ver que no ha quedado en los platos ni el juguito.
Luego, el segundo placer, dejarte sorprender por las nuevas preparaciones. Darte cuenta que hay mezclas en esas exquisitas ensaladas que tal vez te lleves para tu arcón de recetas, o reconocer un año más, que no hay como el matambre arrollado de mamá, que la pobre repite año a año por pedido expreso de sus hijos.
Para culminar la noche una mezcla única de regalos, amoroso crumble de manzana, y champagne.
Al día siguiente nos volvemos a encontrar e inventamos una gran picada de lo que nos sobra con una vuelta en la preparación, a la que sumamos una sublime tabla de quesos.
Luego nos esperan largas horas de charla entre sueño, risas y complicidad.
¿Lo mejor de estas navidades? la novedad de compartirlas con mi pequeño sobrino de año y medio: Santi. Sin dudarlo, luego de ver su afán por la degustación de cuanto plato se le puso en frente, puedo decir que estamos ante el nuevo paladar negro de la familia.
sábado, 27 de noviembre de 2010
La cocina como terapia
Cree este blog hace mucho tiempo sin tener una idea real de que quería hacer con el.
Hace poco, y como fruto del stress que llenó por todas partes mi vida empecé a pensar seriamente en buscarme un hobby. ¿Por qué buscarme? porque hasta aquí lo único que hacía era trabajar, trabajar y después seguir trabajando. Cuando me di cuenta de esto quise empezar a prestar atención a mi vida cotidiana y darme cuenta que es lo que me reportaba verdadero placer.
Hice una búsqueda ardua sin frutos y mucha frustración. Tengan en cuenta que no hablo aquí de gimnasio, masajes y cosas que las mujeres de hoy hacemos para “mantenernos”, sino algo que vuele mi mente, que cuando comience a hacerlo apague todos los cartelitos de urgente de mi trabajo: que si la reunión, que si el precio, que si bla bla bla.
Pasados unos cuantos meses ya casi a punto de abandonar esta búsqueda, allí, en la cocina de mi casa, sentada bajo la luz de la mesada pelando echalotes para una vinagreta, registré ESA sensación: Llevába unas horas en la cocina, y yo me sentía bien, MUY BIEN. No estaba pendiente de otras cosas, acordándome lo que debía apuntar en la agenda o resolviendo problemas mientras “hacía” que estaba ahí.
Tirando de esa punta me di cuenta que mi terapia es la cocina.
La cocina siempre estuvo presente en mi vida. Por mi abuela, por mi madre, mi hermano, todos amantes de la cocina de una u otra forma. Yo desde chica y por las raíces siempre cociné, nunca me pasó de no saber hacer ni un huevo frito, ya que en mi mente estaban las miles y millones de imágenes registradas desde los fuegos de mi infancia… y cuando tocó, solita comencé a andar.
El chip de nuestra era me arrancó de la cocina a los 20 años. Por viajes, profesión, y el pensamiento un poco tonto de “no hay tiempo”. Si eres ejecutivo NO HAY TIEMPO para otra cosa que no sea para trabajar.
A los 30 y por algunas decisiones por primera vez maduras y cariñosas para mi, empecé a volver, a recuperar la pausa y aquí me encuentro comenzando este nuevo camino.
Voy a hablar de cocinar, de comer, de leer, de comprar, de celebrar, y de todo lo que me reporte placer relacionado con la comida. No voy a crear una página de recetas sino de vivencias, y si las vivencias me traen recetas bienvenido sea.
No soy una profesional de la cocina soy como las miles de millones de mujeres que son profesionales, amantes, amigas, hijas, madres… y además cocineras de corazón.
Gracias si te has leído esto y espero que los disfrutes.
Hace poco, y como fruto del stress que llenó por todas partes mi vida empecé a pensar seriamente en buscarme un hobby. ¿Por qué buscarme? porque hasta aquí lo único que hacía era trabajar, trabajar y después seguir trabajando. Cuando me di cuenta de esto quise empezar a prestar atención a mi vida cotidiana y darme cuenta que es lo que me reportaba verdadero placer.
Hice una búsqueda ardua sin frutos y mucha frustración. Tengan en cuenta que no hablo aquí de gimnasio, masajes y cosas que las mujeres de hoy hacemos para “mantenernos”, sino algo que vuele mi mente, que cuando comience a hacerlo apague todos los cartelitos de urgente de mi trabajo: que si la reunión, que si el precio, que si bla bla bla.
Pasados unos cuantos meses ya casi a punto de abandonar esta búsqueda, allí, en la cocina de mi casa, sentada bajo la luz de la mesada pelando echalotes para una vinagreta, registré ESA sensación: Llevába unas horas en la cocina, y yo me sentía bien, MUY BIEN. No estaba pendiente de otras cosas, acordándome lo que debía apuntar en la agenda o resolviendo problemas mientras “hacía” que estaba ahí.
Tirando de esa punta me di cuenta que mi terapia es la cocina.
La cocina siempre estuvo presente en mi vida. Por mi abuela, por mi madre, mi hermano, todos amantes de la cocina de una u otra forma. Yo desde chica y por las raíces siempre cociné, nunca me pasó de no saber hacer ni un huevo frito, ya que en mi mente estaban las miles y millones de imágenes registradas desde los fuegos de mi infancia… y cuando tocó, solita comencé a andar.
El chip de nuestra era me arrancó de la cocina a los 20 años. Por viajes, profesión, y el pensamiento un poco tonto de “no hay tiempo”. Si eres ejecutivo NO HAY TIEMPO para otra cosa que no sea para trabajar.
A los 30 y por algunas decisiones por primera vez maduras y cariñosas para mi, empecé a volver, a recuperar la pausa y aquí me encuentro comenzando este nuevo camino.
Voy a hablar de cocinar, de comer, de leer, de comprar, de celebrar, y de todo lo que me reporte placer relacionado con la comida. No voy a crear una página de recetas sino de vivencias, y si las vivencias me traen recetas bienvenido sea.
No soy una profesional de la cocina soy como las miles de millones de mujeres que son profesionales, amantes, amigas, hijas, madres… y además cocineras de corazón.
Gracias si te has leído esto y espero que los disfrutes.
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